Tuvo que parar de pensar, no podía seguir, su corazón no lo aguantaba. Ella lo amaba aún, todavía sentía su olor en todo. Era algo doloroso porque mirara a donde mirara todo le recordaba a él: aquel sitio donde estuvieron paseando, ese día que estuvieron juntando con los peluches en esa tienda tan fantástica, o ese techado donde nos cubrimos cuando llovía tanto… y ya no solo le pasaba por la calle, no, iba a más. Miraba su cama y recordaba sus noches juntos, cuando ella estaba enferma y él permanecía sentado a su lado cogiéndole la mano y cuidándola o simplemente cuando se ponían a jugar a la consola sentados en ella.
Creía que estaba obsesionada porque todo era él. Cuando se arreglaba lo pensaba: “me voy a peinar de tal manera porque le encanta” o “este color me hace más dulce y quiero estar guapa para él…” se derrumbaba y desaparecían las ganas de salir. Para ella llorar y sentarse en la cama agarrándose las rodillas se había convertido en su único quehacer. Se propuso quitar todas sus fotos de su habitación y guardar todos los regalos que le había hecho pero era demasiado duro. Cogió la caja que llamo “mi maravilloso pasado” y con el llanto más desolador comenzó a guardar uno por uno los peluches, las cartas, los anillos… todo lo que el le había regalado pasó a ser parte de la caja, de algo que no llegaría a comprender jamás cómo de importante era el contenido. Cuando terminó la guardó en un cajón, en el fondo debajo de las toallas para “enterrar” todo lo que quiso. Cerró el cajón, no hubo momento más importante para ella ya que con ese acto estaba terminando un capítulo precioso de su vida, algo que no quería olvidar y mucho menos terminar, pero tenía que hacerlo porque ya, por desgracia para ella, no había vuelta atrás.
Se tiró en su cama llorando y abrazó fuertemente la almohada diciendo para sí misma:
- esto es una pesadilla, no está pasando, él sigue junto a mí, solo es un mal sueño.
Y por mucho que intentaba convencerse de ello, lo único que estaba haciendo era recordarse que ya no lo tenía junto a ella, que el hombre de su vida se había marchado para no regresar. Siguió recordando, seguía reviviendo aquellas escenas jugando a pillar en el parque con él, cuando se echaban en el césped a descansar y más sufría. Recordó con cariño un detalle que su chico tuvo un día.
Era invierno y hacía un frío atroz. El cielo parecía estar enfadado porque tronaba y llovía como nunca lo había hecho. Ese día ella se había levantado tarde e iba retrasada al instituto. Se vistió con lo primero que pilló y se fue a clase. Su madre le gritaba: “¡el jersey, el paraguas, Ana, que va a llover, Ana!” pero ella no la escuchó y se fue corriendo. La chica era muy despistada y no cogió otra cosa que una camiseta de manga corta creyendo que era de manga larga y encima se le olvido el chaquetón. Llegó a clase, a tiempo por suerte, pero se dio cuenta de cómo iba vestida y del tiempo que hacía fuera. Bueno siguió las clases como pudo con frío y despistada todo el rato viendo llover, pensando todo el rato en qué iba a hacer cuando saliera del insti porque no había perspectiva de que el tiempo fuera a cambiar y en las noticias dijeron que a lo largo de la mañana iban a bajar las temperaturas. Estaba amargada, no sabía que iba a hacer y el móvil no lo llevaba encima porque no se permitía en el colegio por lo que las posibilidades se reducían cada vez más.
Mientras tanto Carlos, su chico, estaba en su instituto pensando todo el rato:
- esta chica con lo dormilona y despistada que es seguro que no tiene paraguas porque ha salido corriendo ya que llegaba tarde al colegio.
Se pasó toda la mañana preocupado por ella así que la llamo al móvil pero nadie lo cogía. Cada vez estaba más y más intranquilo pero es que no podía hacer nada porque su instituto y el de ella estaban muy lejos y además tenía un examen a última hora. Estaba totalmente desesperado porque lo último que quería es que su niña se pusiera mala y encima en época de exámenes. El tiempo pasaba y sus nervios estaban cada vez más crispados así que hizo lo siguiente: hablo con toda la gente de su clase y vio que la inmensa mayoría no se sabía el examen así que en el recreo fueron a hablar con el profesor y se cambió de día. Carlos instantáneamente subió a la clase, recogió sus cosas y se fue corriendo a la parada del autobús para ir al colegio de su pequeña. Al ser un día muy lluvioso el tráfico era horrible y los autobuses iban todos retrasados. Se sentó en la parada a esperar. Esperó, esperó y se desesperó. Llevaba media hora allí sentado helado de frío y el autobús no llegaba, hasta que desde lejos vio algo de color verde acercarse y cuando por fin pudo verlo bien se dio cuenta de que era el autobús, pero también se dio cuenta de que en media hora Ana salía del instituto así que pasó del bus y empezó a correr hasta el instituto de su chica. Como el paraguas le molestaba lo cerró para así ganar más tiempo.
Tras una carrera interminable llegó al colegio a tiempo. Su ropa estaba totalmente empapada y estaba totalmente helado porque al parar empezó a notar la humedad en su piel pero no le importaba porque iba a verla. Mientras que ella salía cogió el jersey que tenía en la mochila para cambiárselo y no pasar tanto frío pero, de repente, salió su niña en manga corta y la ropa un poco mojada. Cuando Ana lo vio no lo podía creer, dio una gran carrera y se tiró a sus brazos. Estaba allí por ella, porque como la conocía intuyó que se olvidó el paraguas y ese detalle le había llegado al corazón. Él la apartaba de su cuerpo porque estaba mojada y no quería que se mojara ella también. En cuanto la vio le dio su jersey, la puso bajo su paraguas y la acompañó a su casa. Ella fue todo el camino llorando porque no podía dar crédito a que un chaval tan increíble estuviera con ella.
Recordar ese pensamiento solo la hacía estar más confusa, porque no sabía en qué parte se partió todo…
