¿Cómo mirarlo de manera diferente? ¿Cómo darle dos besos cuando durante tanto tiempo sus labios fueron mi alimento? No sabía de qué manera actuar cuando lo viera, ella no podía olvidar todo lo vivido pero tenía que afrontarlo, debía seguir adelante con su vida y no mirar nunca más hacia atrás, aunque le costaba tanto…
Era un frío día de otoño cuando ella despertó con unos pensamientos que no sentía suyos, con un alma más oscura que de costumbre. Hoy no le apetecía arreglarse, no quería salir a la calle ni saber nada del mundo solo estar encerrada en su habitación viajando en su interior para llegar a entender el por qué de esos turbios pensamientos, cómo es que tenía tantas dudas sobre todo lo que estaba a su alrededor. Se levantó de la cama tras un rato de meditación con un dolor de cabeza atroz y sin haber desvelado el enigma de su pesimismo.
Delante de ella se encontraba el laberinto más difícil que nunca se le hubiera puesto por delante y lo único que tenía claro es que las lágrimas que derramaba eran un mal augurio que no sabía cómo interpretar. Se sentó en la silla, con su pijama de ositos y sus pelos revueltos y con un reto que afrontar. Comenzó a recordar y a analizar cada uno de los acontecimientos acaecidos para ver si así podía llegar a entender algo de lo que pasaba. A medida que recordaba las gotitas saladas que surgían de sus párpados eran más y más seguidas sin que ella pudiera controlarlas.
Recordaba la primera vez que se vieron, esas miradas que llegaron directamente al alma, esos primeros dos besos prólogo de una preciosa historia de amor, aquellas palabras cargadas de emociones preciosas… todo lo referente a él le encantaba. Empezaron a conocerse más, a quedar y divertirse juntos hasta que llego el momento de poner en orden los latidos que su corazón le mandaba.
- ¿Qué es esto? Pensaba.
- ¿Por qué me pongo tan nerviosa cuando escucho su nombre?
Era algo que jamás había sentido y que la tenía totalmente desorientada. En clase lo único que hacía era recordar tiernamente lo que había hablado con él el día anterior o la manera tan dulce que tenía de decir las cosas. En su mente no había nada que no fuera él, no existía mundo que no tuviera nada que ver con su chico especial. Así pasaba los días, viviendo en su mundo de caramelos y dulce, sintiéndose la chica más agraciada del mundo por tener unos sentimientos tan placenteros. Hasta que llego un momento algo amargo para ella, y es que sólo había pensado en sus sentimientos pero no conocía los de él.
Ahí comenzó la fase “no rosa”, la etapa no tan fácil porque existía un cincuenta por ciento de posibilidades de que “su chico” sintiera lo mismo y otro cincuenta de que no lo sintiera. Empezó a comerse la cabeza, a darle mil vueltas a los acontecimientos que habían vivido juntos para ver si él le había mandado alguna señal de que sus sentimientos eran correspondidos pero no era capaz de saberlo porque no sabía identificar las señales que el resto le mandaba.
Así que, después de tanto tiempo, decidió alejar las dudas de la manera más rápida y segura de todas que era ir y preguntarle a él sin más rodeos. En ese momento nadie podría distinguirla a ella de una gelatina de fresa porque ambas temblaban y las dos estaban coloradas. La conversación fue tal que así:
- Verás, no me es fácil decírtelo pero como no te lo diga explotaré así que no voy a dar más rodeos: Te quiero, me gustas mucho, siempre estas en mi pensamiento, el corazón solo late cuando escucho tu nombre o te siento cerca. Nunca había sentido nada así, jamás había llorado por no ver a una persona, etc.
Los nervios le jugaron una mala pasada y no paro de hablar, de contarle con pelos y señales todo lo que sentía hasta que él, con una sonrisa en los labios puso punto y final a ese monólogo que estaba haciendo y la besó. Fue un beso totalmente tierno, dulce, cremoso. No lo podía describir. Ella flotaba, le brillaban los ojos y solo deseaba que el tiempo se detuviera y que su mundo se redujera a ellos dos. Sus labios se separaron pero ella aún sentía su calor. No hubo ninguna palabra entre ellos tras ese beso solo un abrazo que los fundió en una sola persona.
Y a partir de ahí empezaron a andar un mismo camino de la mano, a construir un sueño común. Pasaban el tiempo juntos, queriéndose, riendo y sintiendo los mejores sentimientos del mundo. El tiempo corría sin que se dieran cuenta puesto que para ellos el mundo era diferente y su reloj no marcaba la misma hora…
Y así siguió, sentada en su silla recordando cada uno de los segundos que junto a la persona que le dio la vida había pasado. Y después de pensar y pensar no sabía cómo había podido pasar, en qué momento todo se rompió…
Continuará.
